miércoles, 14 de enero de 2015

AUTOESTIMA

Ególatra, puede, pero me quiero más de lo que me va a querer la margarita deshojada de nadie.

Me quiero incluso cuando se apagan las farolas en la calle, y sólo se ve la lumbre del cigarro encendido en mi mano, y pienso 'tengo que dejarlo'. La nicotina siempre gana la batalla, es su virtud y por ende, mi defecto, desde luego. Pero me quiero.

Incluso cuando la noche quema, hiere, incide en mis llagas, y me curo en la cama con nombres, hombres... y pienso 'tengo que dejarlo'. La lujuria siempre se sale con la suya, y quien soy yo para cuestionarla. Y aun así me quiero.

Incluso cuando colecciono latas de cerveza vaciadas previamente, perfectamente alineadas, una detrás de otra, en formación, cómo el ejército del vicio, y pienso 'tengo que dejarlo'. ¿Pero cómo voy a dejar la única cosa que todavía no ha huido de mi alcance?  La quiero, y me quiero. Nos quiero, juntas.

Y cuanto más peco, más me quiero. Y menos me arrepiento. Nada pueden decirme las sagradas escrituras que no puedan decirme las necrológicas de un periódico. Pero pese a mi incomprensión de pecadora obcecada, me quiero.

Y cuando toca ser valiente, y me acongojo, y miento más que hablo, y la bomba es cada vez más rápida, y no encuentro el cable rojo... también me quiero. Cara o cruz: o salvar los muebles o volar por los aires. Que cara sale la piel de gallina...

Y me quiero. Por humana y vulnerable, por tener los ojos color marrón mierda, por no usar una 90 X, Y, Z de sujetador, por no saber ir en bicicleta, por morderme las uñas, por no poder dormir hasta 5 días después de haber visto 'Los extraños', por llevar tatuado a e.t, por gastarme el salario mínimo interprofesional en pizza, por llorar a moco tendido con los miserables, por perder la cabeza cuando suena calle 13...


Y por saber estar sola, pero preferir las malas compañías.