domingo, 22 de marzo de 2015

¿QUE POR QUÉ NO CREO EN EL AZAR?

No creo en ningún Dios después de 17 años rompiendo bolas de cristal y jugando a los dados. En cualquier caso, es de azar de lo que hablamos. 

No voy a misa los domingos, no me confieso todos los meses, y no me queda más biblia para hacer aviones de papel. 

También visto de forma impúdica y nunca he peregrinado a la meca, y después de comer según que bocas, puedo asegurar que soy adicta al cerdo. 

No me baño en ríos atestados, me gustan las vacas, para verlas y para cenar...

Meditaré cuando consiga pasar al menos 5 minutos calladita, más guapa según dicen. 

Atento contra la moral una vez tras otra, perdiendo los zapatos por el camino, para que las pistas conduzcan a los incautos a su propio infierno particular. 
No hay pilares, ni normas en esta cabeza. No hay partituras, ni límites, ni siquiera bordes de los que salirse. 

Y no creo en el azar, como ves, pero si sale cruz, prepara el rosario y empólvate las rodillas, porque esta moneda tiene la palabra 'pecar' escrita en el canto. 

miércoles, 14 de enero de 2015

AUTOESTIMA

Ególatra, puede, pero me quiero más de lo que me va a querer la margarita deshojada de nadie.

Me quiero incluso cuando se apagan las farolas en la calle, y sólo se ve la lumbre del cigarro encendido en mi mano, y pienso 'tengo que dejarlo'. La nicotina siempre gana la batalla, es su virtud y por ende, mi defecto, desde luego. Pero me quiero.

Incluso cuando la noche quema, hiere, incide en mis llagas, y me curo en la cama con nombres, hombres... y pienso 'tengo que dejarlo'. La lujuria siempre se sale con la suya, y quien soy yo para cuestionarla. Y aun así me quiero.

Incluso cuando colecciono latas de cerveza vaciadas previamente, perfectamente alineadas, una detrás de otra, en formación, cómo el ejército del vicio, y pienso 'tengo que dejarlo'. ¿Pero cómo voy a dejar la única cosa que todavía no ha huido de mi alcance?  La quiero, y me quiero. Nos quiero, juntas.

Y cuanto más peco, más me quiero. Y menos me arrepiento. Nada pueden decirme las sagradas escrituras que no puedan decirme las necrológicas de un periódico. Pero pese a mi incomprensión de pecadora obcecada, me quiero.

Y cuando toca ser valiente, y me acongojo, y miento más que hablo, y la bomba es cada vez más rápida, y no encuentro el cable rojo... también me quiero. Cara o cruz: o salvar los muebles o volar por los aires. Que cara sale la piel de gallina...

Y me quiero. Por humana y vulnerable, por tener los ojos color marrón mierda, por no usar una 90 X, Y, Z de sujetador, por no saber ir en bicicleta, por morderme las uñas, por no poder dormir hasta 5 días después de haber visto 'Los extraños', por llevar tatuado a e.t, por gastarme el salario mínimo interprofesional en pizza, por llorar a moco tendido con los miserables, por perder la cabeza cuando suena calle 13...


Y por saber estar sola, pero preferir las malas compañías.

domingo, 19 de octubre de 2014

DECLARACIÓN DE DESAMOR 9.999

I. Érase diez mil veces la historia de una piedra con nombre. 
Érase una historia con diez mil finales, y en cada uno tropezaba con un pie diferente.
Érase mi nombre diez mil veces en cada una de tus piedras, maldiciendo la torpeza de tus pies izquierdos. 
Érase una historia de dos kamikazes sin ganas de sacar la pistola a la cuenta de tres. 
Pero contamos: 1, 2, 3... Y volvimos a ser la piedra y el caminante. 
                        Y retrocedimos diez mil principios.

II. Hay demasiados pies sin rumbo y corazones enterrados, pero ningún pirata dispuesto a descubrir tales tesoros. 

                        Es ésta una razón que vale por diez mil.

III. Nos faltaba un final que no fuese infeliz, ni siquiera feliz, sólo un final, a secas. 

Como las plantas que no dejamos crecer, entorpeciendo el curso de la primavera. 
Como todas las veces que no fuimos conscientes de que un paso adelante y otro hacia atrás no hacen camino, sólo huellas. 
Como la piedra, diez mil veces en cada pasillo, cada camino, cada paso de cebra.

                        Y en el último de los finales un cruce de miradas entre tu pecho desgarrado y mis ojeras expertas de quien ha presenciado más besos que un semáforo en rojo.


IV. Y diez mil veces te lo pido, y diez mil veces te lo ruego: sé tu propio alto en el camino y no vuelvas a tropezarme. 

                        Una piedra como yo no se la deseo a nadie.

-Maria Vidal/Un reno cualquiera

martes, 14 de octubre de 2014

EVA

La encontraron en los soportales, atándose los cordones, y ellos la recibieron con el nudo más grande en la boca del estómago. Ahí estaba ella, más bonita que un pensamiento, más nublada que las mañanas de noviembre, más temblorosa que la mano de un poeta definiendo la primavera. Con ese deje de placer en los ojos propio del que se masturba un domingo perezoso e improductivo.

Y aun juran que la vieron mirar dos veces, y para ellos, que lo hicieron centenares, todavía consiguió pasar desapercibida. Sombría, con la experiencia y el sigilo de un gato con la última vida colgando de la pezuña y las otras seis acumuladas en los ojos.


Y aun juran que la vieron sonreír, hacerse pequeña, colarse en las rendijas de una alcantarilla y desaparecer de la misma forma que había aparecido, sin avisar.


Ya no pestañea, por si se pierde a alguna pareja abofeteándose para besarse después. Por si se pierde la oportunidad de encontrar una escalera y pasar por debajo, o la de romper un espejo... siempre tentando a Dios sabe que suerte.


Ya no le da sus caricias a nadie. Se ha vuelto egoísta, caprichosa: quiere todo lo que tiene, y es incontable su tesoro. Dotada y genuina, con la caja de Pandora resguardada entre las piernas.


Y ellos gritan que no es justo, pero ella está demasiado lejos. Y aunque es como para esperar, o desesperar su vuelta, saben que pierden el tiempo. Porque es más Eva, y a la vez menos costilla de Adán que nunca.

lunes, 1 de septiembre de 2014

DEBERÍAMOS ERRADICAR LAS FLORES

Cien problemas sin solución, que se me cuelan entre los dedos de la mano derecha. La misma que ha tocado la coraza de hierro macizo de tu corazón y, la ligereza de tus piernas derritiéndose entre calles, mientras me cogías la mano libre y te la acercabas a los labios. Siempre supiste tratar a una señorita. Pero te confundiste de término conmigo.
Tienes capacidad suficiente como para comprender que una señorita nunca grita o patalea. Que es ligera, precavida, cuidadosa, meticulosa... que reprime las ganas. Y a mi se me escapan las ganas por cada poro y es difícil controlar el temperamento de mi otra cara. Desbocada, sinvergüenza, que descuida. Y si descuidas, me subo a tu espalda y escalo cada pequeña montaña de tu cuerpo. Y siempre me mueve el afán por la victoria, y por eso una caradura siempre gana.
Y gana en ganas de hacer algo más que café. Y grita, vaya si grita. Y patalea cuando pierde... el control, generalmente.
Ya tienes edad para saber que nunca va a quedarnos París, que no vivimos en una eterna película muda de los años 20. Está muy bonito el detalle, la sonrisa, las caricias... no soy de piedra.
Pero después de meses, y meses, con sus 30 días, sus febreros y los otoños haciendo estragos en los árboles de hoja caduca, todavía preferías los paseos, la compostura y las flores. Y te arriesgaste a perder, y perdiste mis cien soluciones reducidas a una: olvídate de las señoritas, suelen ser el único de los problemas.

CUALQUIER TIEMPO PASADO NUNCA FUE MEJOR

De cuando era de alguien, o más bien, con alguien, sólo consigo recordar una colección de princesas muertas en el armario, una orden de alejamiento contra ese sol de mediodía que descorre las cortinas con descaro y lo intenta, y lo intenta con mis párpados, y una resaca de otra vida que se quedó en el cajón de las bragas.
La sensación de comerme el mundo en un estado deplorable, y llover mi peso en lágrimas para darle sabor a la misma mierda insípida de siempre. Colorear las paredes con acuarelas, dejarme el balcón abierto y que una ráfaga de aire acaricie lo plasmado en escala de grises. Rasparme las rodillas después de caer conscientemente al suelo y arrastrar el alma hasta el espejismo más cercano.
Que me alcance la tormenta y me encuentre sin paraguas, con el corazón en la mano y poco tiempo y ganas de secarlo, por empapado que quede. Plomo en los pies y en las pestañas y un hilo que pende de mi cabeza y me cuelga boca abajo, como si el titiritero se riese del propio chiste que supuso escoger vivir al revés.
Ya no puedes castigarme por colgarme de la lámpara y reír tan alto como me lo permiten los pulmones. Nunca entendiste que no se debe dejar para mañana lo que tuviste que hacer el primer día de tu vida fuera de la jaula. Pero es tarde y esta vez no hay reloj que te salve.
Estaba destinada a no ser de nadie. Soy mía desde que me pinto la cara con acuarelas, pero cierro el balcón antes.

DE LA OPACIDAD A LA TRANSPARENCIA

En primer y único lugar, necesito que comprendas que soy humana, y que no tengo la culpa.
-No voy a limitar mi vida a seguir las rectas finitas de un cuaderno, cuando siempre fijé mis horizontes más allá de las cabezas de los gigantes que me rodean.
-Soy pequeña, pero no tiemblo. Tengo el pulso firme para dibujar las cinco líneas de un pentagrama con cada uno de mis dedos, y colocarme al lado de tu clave de fa incompleta, si la melodía es propicia.
-Tiendo a pensar que merece la pena sostener la mirada, aun a riesgo de perder el conocimiento, y que la pena es merecida cuando se sale ilesa de este torpe encuentro de intenciones.
-Más de dos veces he tropezado, no sé bien si con la misma piedra o con el mismo sueño postrado a ras del suelo. Y sigo sin prestarle atención al camino, por el placer que supone levantarse tras la caída.
-Nunca, y repito nunca, creería en las coincidencias. Y es que no puede ser casualidad que las mariposas me rajen cada palmo del intestino cuando encuentro las manos adecuadas para hacer música con mi espalda.
-He vivido más tiempo en una coraza impermeable, resistente a las lágrimas de aquellos que no merecían mi perdón, que en el confort de unos brazos que inviten a ver la vida desde un caleidoscopio diferente.
-Te será más fácil conquistar mi reino con una cerveza y un libro de Bukowski que con toda la poesía romántica que seas capaz de segregar, y todos los cumplidos que sangren de tus labios.
-Me muerdo las uñas, me araño la cara, hago rechinar los dientes... También escribo, a la vista está. No me juzgues, aunque sea ésta la peor de las automutilaciones.
Este 'poner en tus manos' mi endoesqueleto, mi alma y toda mi irracionalidad, forma parte de un proceso, como todo. Aun no sé bien con que fin.
Vuelvo a pedirte perdón por ser tan humana y tan vulnerable, aunque en esto segundo he de atribuirte la culpa. No se puede ir por ahí generando debilidades en bocas ajenas.