martes, 14 de octubre de 2014

EVA

La encontraron en los soportales, atándose los cordones, y ellos la recibieron con el nudo más grande en la boca del estómago. Ahí estaba ella, más bonita que un pensamiento, más nublada que las mañanas de noviembre, más temblorosa que la mano de un poeta definiendo la primavera. Con ese deje de placer en los ojos propio del que se masturba un domingo perezoso e improductivo.

Y aun juran que la vieron mirar dos veces, y para ellos, que lo hicieron centenares, todavía consiguió pasar desapercibida. Sombría, con la experiencia y el sigilo de un gato con la última vida colgando de la pezuña y las otras seis acumuladas en los ojos.


Y aun juran que la vieron sonreír, hacerse pequeña, colarse en las rendijas de una alcantarilla y desaparecer de la misma forma que había aparecido, sin avisar.


Ya no pestañea, por si se pierde a alguna pareja abofeteándose para besarse después. Por si se pierde la oportunidad de encontrar una escalera y pasar por debajo, o la de romper un espejo... siempre tentando a Dios sabe que suerte.


Ya no le da sus caricias a nadie. Se ha vuelto egoísta, caprichosa: quiere todo lo que tiene, y es incontable su tesoro. Dotada y genuina, con la caja de Pandora resguardada entre las piernas.


Y ellos gritan que no es justo, pero ella está demasiado lejos. Y aunque es como para esperar, o desesperar su vuelta, saben que pierden el tiempo. Porque es más Eva, y a la vez menos costilla de Adán que nunca.

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