lunes, 1 de septiembre de 2014

DEBERÍAMOS ERRADICAR LAS FLORES

Cien problemas sin solución, que se me cuelan entre los dedos de la mano derecha. La misma que ha tocado la coraza de hierro macizo de tu corazón y, la ligereza de tus piernas derritiéndose entre calles, mientras me cogías la mano libre y te la acercabas a los labios. Siempre supiste tratar a una señorita. Pero te confundiste de término conmigo.
Tienes capacidad suficiente como para comprender que una señorita nunca grita o patalea. Que es ligera, precavida, cuidadosa, meticulosa... que reprime las ganas. Y a mi se me escapan las ganas por cada poro y es difícil controlar el temperamento de mi otra cara. Desbocada, sinvergüenza, que descuida. Y si descuidas, me subo a tu espalda y escalo cada pequeña montaña de tu cuerpo. Y siempre me mueve el afán por la victoria, y por eso una caradura siempre gana.
Y gana en ganas de hacer algo más que café. Y grita, vaya si grita. Y patalea cuando pierde... el control, generalmente.
Ya tienes edad para saber que nunca va a quedarnos París, que no vivimos en una eterna película muda de los años 20. Está muy bonito el detalle, la sonrisa, las caricias... no soy de piedra.
Pero después de meses, y meses, con sus 30 días, sus febreros y los otoños haciendo estragos en los árboles de hoja caduca, todavía preferías los paseos, la compostura y las flores. Y te arriesgaste a perder, y perdiste mis cien soluciones reducidas a una: olvídate de las señoritas, suelen ser el único de los problemas.

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