lunes, 1 de septiembre de 2014

EL DÍA QUE NO PUEDAN MÁS, VAN A MATARSE

Tenía el cigarro estratégicamente colocado entre sus dedos, le daba un toque enigmático y arrebatadoramente sensual. Definitivamente, conocía a la perfección cómo emplear sus armas. Lo apuró hasta el final, calada tras calada, hasta que sólo quedó el filtro y la ceniza de algo que estaba tan acabado, tan muerto como su expresión.
Él observaba a su musa detenidamente, deliberando lo que tenía que decirle, devanándose los sesos tratando de colocar cada palabra en el sitio adecuado, contextualizando sus pensamientos, buscando a su sentido común que, como de costumbre cuando estás calado de amor hasta las costillas, brillaba por su ausencia. Sabía que al romper el silencio se arriesgaba a no volver a verla, nunca más.
Ella, por su parte, solo albergaba un pensamiento, echar a correr. Él leyó su mente, su musa no tenía secretos para él.
-Como te escapes, te va a faltar mundo para esconderte de mí. Te encontraría más temprano que tarde.
-A lo peor sí, sí que me encuentras.
Se moría por dentro, tenía unas terribles ganas de gritar que no se escaparía a ninguna parte si no fuera con él ¡maldita sea! Eso carecía de sentido totalmente. ¿Qué clase de locura es esconderse de la única persona que deseas fervientemente que te encuentre? Ella solo quería abrazarlo fuerte, y hacerse pequeña, pequeña, hasta correr el riesgo de esfumarse. En lugar de manifestarlo, se limitó a morderse compulsivamente las uñas.
Y ahí estaban, dos mentes confundidas, dos bocas selladas casi con lacre, y dos corazones desbocados. La primera grieta en la calzada:
-Creo que no deberíamos querernos más. Nos va a explotar… somos una puta bomba de relojería.
-Tal vez sea lo mejor.
Primera y única grieta que fue suficiente para quebrar el silencio, para quebrar sus gargantas y para sumergirles en un auténtico agujero negro. Ella tan solo deseaba esconderse dentro de su propio ombligo. Él cambió su expresión introspectiva por una máscara de tristeza. La escena habría hecho palidecer a la mismísima Antígona.
¿Qué pasa cuando dos personas son conscientes de que no están hechas del mismo molde, de la misma pasta… pero aun así no pueden impedir que se les pinte la cara de colores cuando se ven, cuando se rozan? Claro está, es sólo cuestión de tiempo que sus ojos se vayan decolorando y comiencen a ver en tonos grises. Desgracia patente.
Y os destriparé el desenlace. Al final de este ‘ni contigo ni sin ti’ los dos se quedarán solos, aun teniéndose el uno al otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario