lunes, 1 de septiembre de 2014

DE LA OPACIDAD A LA TRANSPARENCIA

En primer y único lugar, necesito que comprendas que soy humana, y que no tengo la culpa.
-No voy a limitar mi vida a seguir las rectas finitas de un cuaderno, cuando siempre fijé mis horizontes más allá de las cabezas de los gigantes que me rodean.
-Soy pequeña, pero no tiemblo. Tengo el pulso firme para dibujar las cinco líneas de un pentagrama con cada uno de mis dedos, y colocarme al lado de tu clave de fa incompleta, si la melodía es propicia.
-Tiendo a pensar que merece la pena sostener la mirada, aun a riesgo de perder el conocimiento, y que la pena es merecida cuando se sale ilesa de este torpe encuentro de intenciones.
-Más de dos veces he tropezado, no sé bien si con la misma piedra o con el mismo sueño postrado a ras del suelo. Y sigo sin prestarle atención al camino, por el placer que supone levantarse tras la caída.
-Nunca, y repito nunca, creería en las coincidencias. Y es que no puede ser casualidad que las mariposas me rajen cada palmo del intestino cuando encuentro las manos adecuadas para hacer música con mi espalda.
-He vivido más tiempo en una coraza impermeable, resistente a las lágrimas de aquellos que no merecían mi perdón, que en el confort de unos brazos que inviten a ver la vida desde un caleidoscopio diferente.
-Te será más fácil conquistar mi reino con una cerveza y un libro de Bukowski que con toda la poesía romántica que seas capaz de segregar, y todos los cumplidos que sangren de tus labios.
-Me muerdo las uñas, me araño la cara, hago rechinar los dientes... También escribo, a la vista está. No me juzgues, aunque sea ésta la peor de las automutilaciones.
Este 'poner en tus manos' mi endoesqueleto, mi alma y toda mi irracionalidad, forma parte de un proceso, como todo. Aun no sé bien con que fin.
Vuelvo a pedirte perdón por ser tan humana y tan vulnerable, aunque en esto segundo he de atribuirte la culpa. No se puede ir por ahí generando debilidades en bocas ajenas.

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