No eres más que una manía. Una manía tóxica como pocas. Y sé de manías, sé mucho más de lo que me gustaría.
Eres una molestia, la puta pestaña que se te cuela en el ojo y se niega a abandonarlo. Y te hace llorar sin motivo aparente. Pues te tengo atrapado en el lagrimal y te resistes a marcharte.
Eres como un mosquito. Vienes, me chupas la sangre hasta dejarme una picadura lo suficientemente grande como para que me acuerde de que sigues ahí, acechando, y te piras frotándote las manos. Y me rasco, me rasco tus marcas hasta sangrar. Y nadie debería sangrar por nadie, a no ser que tenga la imperiosa necesidad de hacerlo.
Y ven, ven a que escuche tus irrisorios argumentos una vez más. Recuérdame que no merezco la mísera vida que tengo. Y luego me secas los lagrimones, adulas mi carita y te marchas sin coserme puntos en las brechas abiertas.
Y no pasa nada, no va a arder Troya. Supongo que me cicatrizan cojonudamente este tipo de heridas.
Hay que ver lo bien que se llevan tu dedo y mi llaga, ¿eh?
No hay comentarios:
Publicar un comentario